samedi 31 mai 2008

Sólo camino solo

Algunas noches del fin de semana, cuando mi recurrente soledad me invade, me sumerjo en mi yo y camino sin rumbo fijo por las bulliciosas calles de Miraflores. Toda esa alegría y desenfreno que caracteriza a ese distrito me da vida. En ese momento, la energía no surge de mí, sino de esas miles de almas que reflejan libertad y seguridad, dominio del entorno.
Manos en el bolsillo y la música de mi MP4 a todo volumen en mis oídos, mi mirada capta cada rostro, cada pose, cada caminada, cada cuerpo de quien se me cruce. Busca alguna respuesta, algún cruce, o algo bello que admirar, con la pesimista idea de que no queda de otra.
Antes pasaba desapercibido, ahora me muestro más seguro y la gente se hace a un lado para dejarme pasar. Mis pasos son rápidos y firmes, mis ojos lucen soberbios a modo de defensa.
Todos esperan a alguien y todos se dirigen a algún lado. Yo continúo mi recto pero detalloso paseo sin importar lo que a mi alrededor suceda. Soy un simple espectador de la vida de los otros, en ese momento no existo, simplemente soy.
Al cabo de dos horas de camino, decido regresar a casa. Pero la caminata no tiene el efecto esperado de paliar la tristeza que produce mi soledad. Y emprendo mi retorno a casa tan triste como cuando llegué, esta vez con unas lágrimas adicionales. Pero en cada paseo nocturno, mis ojos lloran menos, y me voy acostumbrando a ese eterno karma del cual muchos escaparon y en el que sigo rodando sin salida aparente.
La música sigue sonando, el frío aumenta, Miraflores se aleja.

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