jeudi 15 mai 2008

Un albergue de mochileros es para valientes


Entre mis planes de viaje a Buenos Aires estaba hospedarme primero 4 días en un hotel incluido dentro del paquete turístico, y después 4 días en un albergue de mochileros en Palermo. Este último lugar ya lo tenía fijado meses antes de mi partida. Incluso opté por aventurarme a reservar la habitación compartida con 4 turistas más, todos hombres, para ahorra dinero, poder conocer más lugares, y apreciar algunas cosas interesantes en esas cuatro paredes. Pensé que sería una exótica experiencia estar rodeado de tantos extranjeros. Y cómo sólo se vive una vez, me aventuré. ¿En qué pensaba cuando decidí hospedarme 4 días en el Tango Backpackers de Palermo Soho?

Me tomé la mitad del día para el traslado del hotel Columbia Palace en la avenida Corrientes al albergue. Un remis me recogió a las 9 de la mañana y me trasladó directo al cruce de Paraguay con Thames. El taxista super entrado a la conversación, como suelen ser todos los taxistas de Buenos Aires. Una charla sociopolítica que para nada hacía presagiar el desgaste físico que me esperaba.

Llegué a 9 y media. Y el check-in era a las 11 am. La chica de recepción me dijo que podía dejar mi maleta en un cuarto detrás del mostrador y esperar. Lo dejé y salí a caminar por Palermo Viejo. A mi regreso, cansado y con ganas de dormir, una de las chicas de limpieza me guío a lo que sería mi habitación compartida. Era una casa antigua de 5 piso de alto, y la pieza por poco y queda en la punta de la antena. Para colmo, el camino era un laberinto de pasajes y escaleras en caracol. Llegué y, ¡Oh sorpresa! Tenía que recorrer de nuevo todo esa montaña de cemento y metal, esta vez con mi maleta de 20 kilos. Aquí vamos. Llegué sudando, conteniendo mi mal humor, estaba solo en una ciudad extraña y no tenía alguien al lado para que me controlara. Entré con todo mi equipaje al cuarto. Eran las 11 y algo de la mañana, y tres turistas durmiendo en los camarotes. Qué carajo hacían estos idiotas, perdiendo el tiempo cuando había mucho por ver en Buenos Aires. Bueno, yo no atravesé el continente para dormir todo el día, así que si los despertaba por levantarme a las 8 de la mañana o más temprano, que pena. Y eso que me solía acostarme entre la medianoche y las 3 de la madrugada. Para redondear la figura, el cuarto era un monumento al desorden. Medias y zapatillas tiradas por todos lados. Todas sus mochilas desparramadas, toda su intimidad a la vista. Ni modo, me dije: Open mind Jayme, open mind. Luego supe que en un camarote dormían dos chicos ingleses que viajaban juntos y yo dormí en la parte superior del otro camarote encima de un bello chico canadiense de casi 23 años. Era todo un actor de cine.

Dos anécdotas que rescatar de mi incómoda estadía en Tango Backpackers:

Una noche me acosté a golpe de las 2 de la mañana, venía de un bar, el Sitges en avenida Córdoba. Cansado claro por todo el largo trecho que caminé. Evitaba los taxis por seguridad. Entré en la habitación y estaba vacía. Los dos ingleses y el canadiense no estaban en la pieza. Me lavé, me desvestí y me eché a dormir. Aseguré con candado mis cosas dentro de la maleta y en un armario al lado del camarote. Caí seco sobre ese armatoste de madera que se movía como cama de soldado. Habré dormido una media hora cuando sentí que la puerta se abrió. En la oscuridad vi la silueta del canadiense alumbrada por la luz de la azotea. Entraba solo, estoy seguro. Luego escuché que se desvistió y se echó a la cama. Y de pronto el sonido inesperado. El canadiense gemía. Si, supuse que se masturbaba. Bueno, querrá aplacar su hambre de sexo con Manuela. Lo oí todo. Llegó a eyacular y luego silencio total. A dormir.
Pero a la mañana siguiente, cuando me levanté para ir al puerto de Buquebús y embarcarme a Uruguay, veo al canadiense con una pelirroja sobre la cama. Qué desperdicio, pensé.

Mi última noche si fue de Ripley. Llegué cansado del puerto luego de un día completo en Colonia, Uruguay. Entre en la habitación. Estaba vacía. Me cambié. Salí de nuevo para lavarme. Y cuando regreso, una rubia con los senos afuera. Por Dios, le pregunté que hacía ahí, y con su español masticado me pidió que saliera. Salí, me tomó por sorpresa. Luego de un minuto regresé y la rubia estaba echada en una cama que estaba vacía frente a los dos camarotes. Ya tenía los ojos cerrados pero igual le pregunté en inglés que hacía en una habitación que se supone era sólo de hombres. La extranjera, toda indiferente me respondió que no sabía: I don’t know. Bueno, paciencia, me dije. Ya estaba muy cansado y me fui a dormir.

Ni más vuelvo a hospedarme en un albergue para mochileros, o al menos no vuelvo a compartir una habitación con desconocidos, por muchas ganas que tenga de interactuar con extranjeros. Sin embargo esta idea cambió cuando, ya de regreso en Lima, mi jefe me dijo que un amigo suyo tuvo que quedarse en uno de sus albergues cuando estuvo en Europa. Lo que ahorró le permitió conocer varios lugares importantes. Y es que no importa donde te quedes si tu propósito es conocer. Pero para la próxima la pensaré mejor antes de aventurarme en un recinto de mochileros.

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